Se levanto con cuidado para no hacer ruido. Le acarició el pelo y sonriendo se retiro sin dejar de mirarla hasta que un golpe con el pico de la mesilla de noche le borró la sonrisa ñoña que dibujaba:
-Su Puta madr….- gruño entre dientes y casi susurrando.
Se fue cojeando frotándose el muslo justo donde se había clavado la esquina infernal hasta que llegó a la cocina y se puso a examinar detenidamente cada armario. En los últimos tres meses, el número de visitas al piso de Lucía había crecido exponencialmente respecto a las dos primeras semanas desde que se conocieron, pero aún desconocía la distribución de sus armarios, y no es que Lucía fuera muy organizada que digamos.
Eran las 6:30 de la mañana y Jaime tomó una decisión salomónica. Se vistió en el baño, hizo algo parecido a peinarse con la mano humedecida y se fue a la panadería mas cercana. Entró directamente al Horno:
- Perdone… tiene un segundo.
Una señora con el pelo encerrado bajo un gorro de panadero perfectamente acoplado y enganchado con dos ganchitos al pelo le sonrió y se acercó a él.
-Dime, que te hace falta
-Algo bueno para desayunar, si puede ser- contesto Jaime risueño y en tono casi cómico.
- Unos croissant? Les quedan 5 minutos.
- Perfecto, pues sepáreme media docena y me pone dos bocadillitos de esos que tienen tan buena pinta. Yo voy a fumarme un pitillo para hacer tiempo.
Salió a la puerta, se lió un pitillo y miró con miedo hacia la ventana de la habitación de Lucía que daba justo a esa acera. La luz seguía apagada.
A 20 metros de la panadería había un parque con bancos y zonas de juego para críos rodeado por parcelitas ajardinadas. Se acercó y arranco una rosa, no sin pincharse unas cuantas veces y volvió a la puerta de la panadería. La ventana seguía sin luz.
A los 10 minutos, la amable señora salió con una bolsa humeante. Jaime le pagó y volvió a subir al piso. Eran las 6:45 de la mañana.
Exprimió 3 naranjas con un exprimidor de plástico que, en algún momento de su existencia había sido amarillo y lo vertió todo en un vaso grabado por dibujos de Kukuxumusu que Lucía había “cogido prestado” de casa de sus padres.
Cortó por la mitad los panecillos y los untó con un poquito de mantequilla que se iba derritiendo mientras el cuchillo patinaba sobre la superficie. Uno lo completó con mermelada de fresa, y el otro con mermelada de melocotón. El se puso dos sencillas tostadas con aceite.
Puso los croissants en un plato cortados en 3 trozos uniformes. Transcurridos 10 minutos y tras 5 o 6 cambios en la bandeja, puso la rosa en un vaso de tubo que encontró en un armario y se dijo así mismo.
-Vamos p’alla.
Dejó la bandeja en el suelo con sumo cuidado, se acercó a Lucía y empezó a besarla suavemente en la mejilla. Besos cortos, casi sin rozarla, simplemente acariciando su piel con los labios. Ella reaccionó refunfuñando como una niña y desperezándose mientras se frotaba los ojos.
- Que hora es??
- Las siete y diez- contesto Jaime mientras le acariciaba la mejilla con el torso de la mano.
- Las siete y 10?? Estas flipao? No hace ni 4 horas que nos hemos dormido.
- Ya, ya lo se, ahora te dejo seguir durmiendo.
- Calla, calla, yo voy a seguir durmiendo ya, no seas cansino.
- Espera un segundo porfí- suplicó Jaime en tono casi infantil.
Se agachó, cogió la bandeja y se la puso delante a Lucia…
- Desayuna y seguimos durmiendo.
Jaime no supo interpretar muy bien la mueca de Lucía, pero fuera como fuere, no se parecía en lo absoluto a lo que él había imaginado.
Ella le dio las gracias como si fuera un pasajero que le acababa de ceder el sitio en el autobús y empezó a desayunar.
- Es todo para mi? Come algo hombre- le invitó
- No, no, es tu desayuno, ya me lo devolverás
Lucía apartó la bandeja y se sentó en la cama frente a Jaime.
- Esto se ha acabado- dijo sin más
Jaime no habló, le dio un beso en la mejilla, cogió el paquete de tabaco y las llaves del coche de la mesa del salón y se dirigió a la puerta.
- Comete los croissants, están recién hechos- dijo con tono dulce.
Lucía le sonrió y asintió con la cabeza. Cuando Jaime cerró la puerta se termino los croissants, colocó el vaso con la rosa en la mesilla de noche y se volvió a dormir.
Jaime se lió un pitillo y subió en el coche. Aun lo tenía a la mitad cuando llegó a casa. Se quitó la ropa, se recostó en la cama para apurar las últimas caladas y se durmió. Eran las 7:45 de la mañana y en el equipo de música sonaba “De haberlo sabido” de Quique Gonzalez.
"Las ganas de comer Oreo", de David Refoyo
Hace 2 días
